Pregón 2005; Mi oración (Revista Mena 2009) Elena Sanchez-Malavé
Los recuerdos se agolpan en mi mente: Suena un toque de trompetín, hace mucho calor, hace mucho calor. Veo un puente que se alza más alto que no me deja ver... Entonces un hombre joven me coge en brazos, ese hombre de cabellos castaños resulta ser mi padre, aún sin barriguilla y con la piel más suave y menos curtida. Resurjo de entre todas las cabezas, un mar de gente se extiende a mis pies. Miro a mi alrededor: en los árboles, niños colgados, mucha gente, mucha gente, unos en el puente, otros asomados a las ventanas, y todo el mundo expectante. Se escuchan pasos, y un canto al cielo, "Soy el novio de la muerte, soy el novio de la muerte", tambores, cornetas y uniformes verdes, y un paso firme y severo inundan las calles próximas a la Esperanza. Todos, nerviosos, mueven sus cabezas de un lado a otro, pero nadie, nadie divisa lo que yo veo, unos brazos fuertes arriba y un Cristo alzado, su piel morena toca el cielo, una brisa cálida abriga su costado, los rayos de un sol radiante besan sus manos y el canto invade mis oídos, el canto legionario que le envuelve. Es el Cristo de la Buena Muerte en esa mañana tan grande, es el Jueves Santo por la mañana, su traslado imposible de olvidar, y aun no sabía mi futuro junto a ti, Tú que eres el Legionario Primero, pendón de tantos pechos guerreros que te acompañaron ese primer Jueves santo en que te conocí, Jueves Santo, que tras siete años volví a revivir, ahora ya si que te conozco, ahora ya los dos somos uno. Mi alma está unida a la tuya, mi corazón se estremece y bombea mi sangre que hierve cada vez que mis pupilas se posan en tus ojos callados por la muerte. Cristo de Mena, tu cruce con la Esperanza verde pude ver hace pocos años, ni la lluvia vencía tu talante que abrazaba tu cruz, tampoco ahí sabía la unión que nos esperaba. Me has tatuado en mi cuerpo una marca con hierro ardiente, una marca que nunca se irá, porque ya no podría pasar un día sin tenerte conmigo. Eres mi seña como la del legionario que te guarda en nuestro altar dominico, el mismo sitio donde por primera vez me colgué tu medalla legionaria, esa que cayó en mi corazón, que pesa en mi cuello, la misma que preside la cabecera de mi cama. No puedo, no puedo aguantar, algo me ata a ti y no sé qué es, sólo sé que te miro y tiemblo, te miro y algo me entra por dentro... ¡No puedo más, no puedo más!. Tengo que decirlo ya: ¡TE QUIERO, TE QUIERO MI CRISTO DE LA BUENA MUERTE, TE QUIERO! Pero aquí no se acaba mi homenaje. Entre nosotros dos hay un puente, y no es el de Tetuán. Es tu Madre ese puente, puente que lo resiste todo, porque ella es fuerte. Soledad perchelera, en el mar dejas una estela que brilla, el rastro que sigue todo marinero que se pierde, el rastro que dejas en tu camino del Jueves Santo, el que luego es pisado por la Armada, que canta tras tu manto de luto y dorado. El halo marinero rodea tu semblante sagrado, y sólo una estola blanca te cubre esa carita joven y de pena... Tus ojos miran a los congregantes que van al paso de la marina engalanada, te mecen sencilla, porque, Madre, tú eres la madre entre las madres, la Reina entre las reinas. Tiemblo, lloro y me emociono cuando te miro. Eres la seña de mi bandera, el faro que me guía, el canto que me lleva... ese canto que dice: ¡SALVE, SALVE, OH SALVE, A LA REINA MARINERA!
Málaga 2009
Mi oración.
Hoy vuelvo a escribir la crónica de otro día inolvidable. El alba se ha despertado al toque de un cornetín. Una luz fulminante apunta en Santo Domingo y Málaga entera se vuelve Perchel. Es Jueves Santo y eso ya me lo dice todo. Nadie puede faltar a la cita. Ni el sol radiante de abril, ni la luna llena, ni siquiera la brisa marinera se olvidan que hoy acarician tu rostro. Esta noche el malagueño se agolpa en la calle, esperando verte mecer como solo tú lo haces. Los recuerdos de nuestros mayores volverán a revivir como si no pesasen los años. Esta noche mi sentir resurgirá del alma, dando un vuelco al corazón, cuando mis ojos se posen en los tuyos.
Sólo el cielo sabe donde estaré el próximo año a esta misma hora, cuando el crepúsculo nos alumbre. Pero lo cierto es que ahora mi promesa vuelve a renovarse. Cristo de la Buena Muerte, tú me has llamado para ir contigo el resto de mi vida cada Jueves Santo al atardecer. Ya no tengo frío en el alma, porque me coges de la mano y me guías a son de canto legionario. Ése que abre camino a los novios de la muerte que te tienen por bandera.
De repente, entre mecida y mecida, alguien dice: -¡GUAPO!- y todos le seguimos. Se me desgarra la voz al repetirlo en mis pensamientos. Cristo de Mena, mis pasos nazarenos preceden tu caminar entre la gente emocionada. Espero fervientemente, repetirlo cada año para sentir que voy contigo, que me serenas el corazón, para rezarte en silencio una oración:
“Señor, Dios Mio, no me dejes a merced del desamparo; permíteme ser la buganvilla que descansa bajo tus pies. Tú que todo lo puedes, cuida de los que nos importan, aquellos que harían partirnos el alma, si faltasen algún día. Protege a todos los que se encuentren lejos de nuestra patria; aquellos a los que la distancia impide abrazar a los suyos; a todas las almas que sólo tienen una plegaria como última palabra. No te olvides Señor, de acogerlos cuando los llames para estar a tu lado. Porque verte nos dará la vida, aun cuando la muerte crea que nos la quita. No me abandones a mi suerte.”
Pero mi oración no se termina sin aludir a una verdad: “No hay nada como una madre, y mi madre eres tú, Soledad. Quiero llorar con tu llanto, consolarme con tu consuelo, y sólo quiero decirte, Madre, que eres mi rosa de los vientos. Las almas del mar te acompañan, y bajo palio cautivas sus miradas que piden tu protección. El viento susurra la Salve mitigando tu dolor y sólo en Málaga, el mar se calma a tu paso. La luna se asoma radiante para mirarte y el cielo es reflejo de tu belleza, porque esta estrellado. Y yo te digo, Señora de la Soledad, dueña de mi corazón: Deja que te acompañe en la singladura del Jueves Santo. Tómame de tu mano para ir en procesión, vigilada por tu mirada y arropada por tu clamor, junto a mi Cristo de la Buena Muerte, el Cristo de Mena, y el Cristo de la Legión.”
Elena Mª Sánchez-Malavé de Cara