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28.03.2010 - ANTONIO GARRIDO | SUR MÁLAGA
Es un rito repetido de año en año, el pregón de la Semana Santa, el oficial, el de la Agrupación de Cofradías, el que tiene lugar en el Cervantes tras el paréntesis de los celebrados en el Conservatorio y a alguno, hace muchos años, en la Catedral, el que reúne a las hermandades, el que abre la semana previa a los días grandes del teatro callejero.
El pregonero ya tuvo su ración de consejos amigables en la cena, en la que, por cierto, debería hablar sólo don José Atencia en nombre de todos porque, con esto de la ampliación del horizonte vital, cada vez somos más pregoneros y el acto se alarga en demasía y además, qué decir cuando han intervenido media docena de oradores.
El pregonero ya ha recibido las tapas que cubrirán el texto, ya se ha paseado, si así lo quiere, por las cofradías donde ha recibido el afecto de todas; en fin, que ya se ha ambientado lo suficiente si ha gustado de hacerlo. Este año el honor ha recaído en Agustín del Castillo de la Cofradía de Gitanos y, sin lugar a dudas, ha sido un pregón que marca época y eso ya es mérito cuando la estructura llevaba fija muchos, muchos años.
Quiero distinguir dos planos en mi análisis; como es normal, el gusto va por barrios y a algunos habrá encantado y a otros no. En mi caso, para ser breves, no me ha convencido el texto como tal aunque en muchos de los conceptos estoy plenamente de acuerdo, no me han gustado los versos, léanse los dedicados a la presencia de militares, insisto que en el aspecto literario, y muchísimo menos pedir al público que se ponga en pie para rezar; esto último me parece fuera de lugar. Ya se sabe que se puede rezar en cualquier sitio pero no creo que el pregón sea el momento y el Cervantes el marco.
El pregón, de esta manera planteado, adquiere una extraña retórica y se convierte en algo híbrido, en un anfibio entre sermón y exaltación, y esa mezcla lleva al naufragio de lo que debe ser. Acepto de buen grado las discrepancias; dicho esto, el pregón de 2010 tiene un mérito extraordinario y me quito el sombrero delante de Agustín porque ha hecho dos cosas dificilísimas y las ha hecho bien, muy bien.
Es indiscutible que en los últimos años el pregón se ha convertido en una homilía dicha por un seglar que utiliza el escenario, es su derecho, faltaría más, para catequizar y orientar la Semana Santa en un sentido restrictivo y en una única dirección, dejando fuera muchos matices de una realidad tan compleja de comunicación como es su lenguaje y su simbolismo. Es esta la tendencia dominante, la que Galdós y Clarín consideraban como literatura de sacristía, y es la deseada por los que cada año tienen la responsabilidad de nombrar a quien se encargue de tan honrosa cuanto difícil misión.
Es precisamente por la hibridación que la duración de los pregones es, en muchos casos, a todas luces excesiva si tenemos en cuenta la capacidad normal de atención del ser humano; de esta manera el 'tiempo de gloria' del pregonero se convierte en un larguísimo periodo de tedio y aburrimiento con muy frecuentes miradas al reloj y todo porque en el pregón se quiere meter la 'Summa' del Aquinate, el canto a la ciudad, las vivencias personales, el canto a cada una de las cofradías, y son treinta y nueve y, permítaseme la broma, hasta los expresos europeos. Se trata, sin duda, de una situación de angustia textual, de un ahogo de datos y de epítetos con lo que el nivel literario queda asfixiado en la hojarasca que todo lo cubre.
Y en estas estábamos cuando llega Agustín y hace un pregón de extensión racional, asimilable, normal, vamos una heroicidad, que como dice la canción, hace falta valor y, desde luego, lo ha tenido. Por otra parte, segundo mérito, ha sido capaz de romper el corsé, al que casi todos los hemos sometido, el tener que citar a todas las hermandades. El pregonero ha preferido ir por los senderos del texto costumbrista, ha cantado con absoluta honestidad lo que cree, su universo, su fe, sus recuerdos y su concepto de la Semana Santa, no se le puede pedir más y tiene mi aplauso sin reservas. En el pregón de 2010 no ha sido necesario medir cuánto tiempo le ha dedicado a mi cofradía. El esquema que ha planteado es libre y abierto. No le quepa duda al pregonero que entra en nuestro club por pleno derecho, que nos ha traído oxígeno, que ha sido valiente, original y en justa medida de tiempo, ni más ni menos.

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